Saturday, March 10, 2012

Antes de leer, favor de ver este video y poner atención a la canción Latinoamérica de Calle 13. 

Yo tengo la teoría, tal vez muy boba, que uno no lee un libro hasta que no debe leerlo. Me ha pasado en numerosas ocasiones: intento leer alguna novela y de la nada lo dejo ahí como un recordatorio que soy una inconstante. Luego, me digno a retomarlo desde el inicio y me lo aviento en unos cuantos días o si de plano me da la locura, lo termino en una noche. No sé si a alguien más le suceda, pero es la razón por la que creo que uno no escoge el libro, sino viceversa. 

Eso me pasó con “Cien años de soledad”. 

Mi mejor amiga es una freak del Gabo, lo ama con locura y pasión, obviamente cuando recién la conocí fue de las primeras cosas que tuvimos en común, pero a diferencia de ella, yo nunca había leído “Cien años…”, había intentado, en numerosas ocasiones, pero nunca pasaba de las primeras 60 páginas. Incluso en alguna ocasión me dijo que no podíamos seguir siendo amigas si no había leído el libro. En alguna otra me dijo que no podía gustarme la literatura latinoamericana y no haber leído ese libro. La cosa es que nunca podía hacerme terminar la novela, en algún punto de su enredadera de personajes, perfectamente estructurada por supuesto, me perdía y el libro quedaba de nuevo en el librero. 

Una vez con un significant other intenté hacer un círculo de lectura para leer exclusivamente ese libro. Fracasamos a las dos semanas. Con otro grupo de amigos intenté algo parecido pero con “LOS GRANDES DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA”, el Gabo y su obra maestra estaban ahí. Gran fail

Y un día así de la nada lo tomé de nuevo. Ahí estaba, con su célebre y bien conocido: Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo.” Recordé varios pasajes leídos con anterioridad. Subrayé cosas nuevas, busqué entender por qué había subrayado otras en mis lecturas previas. Todo bien.

Vacaciones familiares en la playa. El Gabo era ideal para llevar frente al mar. Lo soporífero de Macondo en las letras va muy bien con el trópico. Calor, humedad, lluvia. Sudor excesivo, ergo, ropa pegándose al cuerpo. Sol y noche de brisas húmedas con trago en la mano. El siempre importante y provocador contoneo de cadera. La mirada del extraño que mide con sus ojos, a lo lejos, el tamaño exacto de los pechos que no pueden ser contenidos dentro de la breve y diminuta blusa. El calor, siempre el calor. Calor de playa. Calor del cuerpo. Del propio y de otros. 

Cuatro o cinco días me duró Macondo. Lo más, porque devoré el libro, porque no existe otra manera de leerlo si no es a grandes tajadas, en interminables fragmentos. Fue el clima ideal, mi lectura se plagó de esa sensación de verano eterno, de América Latina. 

Entiendo eso que dicen que América Latina no es sólo realismo mágico, y que el continente va más allá de Macondo, de veras que lo entiendo, pero no puedo estar completamente de acuerdo después de leer este libro. El continente es, entre muchas otras cosas, ese pueblo imaginado por García Márquez. “Un pueblo sin piernas, pero que camina”, así lo explica también una canción. Somos finalmente un continente de contrastes, de irrealidades. Gabo lo refleja bien en toda su obra, pero en particular en “Cien años de soledad”. Si Macondo existe y es posible, existe y es posible en cualquier lugar de América Latina. Fuera de este continente no hay nada. 

En fin, no me desvío del tema. Y digo lo último: América Latina no puede ser entendida sin el Gabo y viceversa. Yo hablo de esa América que le debe al colombiano, y del colombiano que se debe al continente. No hay uno sin el otro. ¡Feliz Cumpleaños atrasado, señor! 

Notes

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