El futuro está en apoyar los proyectos independientes haciendo comunidad y cooperando para que más ideas se conviertan en algo concreto.
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Ya sé, el 2 de noviembre pasó hace bastantes días, pero yo estuve bien enferma y no pude escribir nada al respecto. Así que con toda la tardanza de una gripa que apenas va saliendo de mi organismo, les cuento cómo fue Día de Muertos en el 2012.
La verdad es que en mi casa no tenemos la costumbre de festejarlo, tampoco Halloween, en ese sentidos somos más bien apáticos, pero este año, por razones especiales decidimos hacer un altar para honrar la memoria de alguien muy querido, que perdimos este año.
Confieso que fue una experiencia muy padre investigar qué se pone y cómo se pone, los niveles, lo que representa cada cosa, y demás. Dadas mis condiciones de salud, no pude hacer una calaverita, pero al parecer en mi casa hay mucho talento para escribir y Silvia (mi mamá) y Sylvia (mi hermana), hicieron unas muy padres que les comparto el día de hoy. Enjoy!
Calaverita 1
Por Silvia
Se iba temprano de viaje
Mas otro era su destino
Allá no ocupaba equipaje
Alguien lo chocó en el camino
Antes de Semana Santa
Tenía prisa por llegar
Para mirar desde el cielo
A Jesús resucitar
Ahora lo entiende tanto
No se debe preocupar
Sabiduría le viene de lo alto
Ya no tiene que estudiar
Le gustaban los tostitos
Con chilito y con clamato
También el andar descalzo
Por el piso sin zapatos
A mamá o a papá se parecía
Preguntó alguien en su funeral
Mas frente a su fotografía
Alguien dijo a John Lennon es igual
Intelectual de familia viene
Ha escrito poemas varios
Y a todos atentos tiene
Cuando los lee allá en los columbarios.
Abiel deja ya de rimar
La Catrina le rompe el encanto
Vente conmigo a bailar
Aunque no te guste tanto.
Calaverita 2
Por Sylvia
Yugi Oh Abiel jugaba
Cuando llegó la Flaca y le dijo:
yo a ti no te llevaba,
Esas greñas que tienes
A cualquiera espantan.
Pelona, envidia me tienes,
Mejor a un duelo de Yugi te reto.
Sé que preparada no vienes
Así que muéstrame respeto.
Con sus cartas y deck en mano
Abiel a la Huesuda venció,
Y ella alegremente le recordó:
Yo sin ti no me voy greñudo hermano.
Y ahora de bar en bar andan
como grandes amigos
Bebiendo vodka y
Acordándose de los vivos.
No seas chiflada Sylvia,
Decía Abiel cuando se dolía,
junto con un abrazo
y un beso terminaban el día.
Ahora que Abiel se fue
A pasear con la colorida Catrina,
Sylvia está en el rincón de una cantina
Esperando su canción y su tequila.
Sólo con las canciones
de José Alfredo se entiende,
Cantando pasiones
Que el greñudo no atiende:
Yo lo que quiero es que vuelva,
Que vuelva conmigo
El que se fue ♪
Después de meses de tenerlo ahí medio leyéndolo, terminé “Para no olvidar” de Clarice Lispector, y les voy a decir que cada que leo algo de esta señora, reafirmo más mi gusto por su obra.
Su escritura es delicada, tiene un ritmo suave que hace que las páginas se te vayan como el agua. Tiene una precisión con las palabras que no deja de sorprenderme.
Mi estación favorita es el otoño y mi mes favorito es octubre. Aunque soy de Monterrey, jamás he podido acomodarme a los calores infernales que hay aquí. Soy feliz cuando termina el verano y el clima comienza a ser un poco más fresco y hay menos sol.
Me gusta el aire fresco, las montañas, las nubes, poder caminar en la calle sin derretirme. Usar ropa padre: jeans, cardigans, botitas, leggins. Un suetercito por aquí y otro por allá. Una pashmina o bufanda de vez en cuando.
De una manera u otra siempre he estado ligada a septiembre, y aunque no es mi mes favorito del año, le tengo un especial cariño, primero porque cumplo años, y segundo porque pasan demasiadas cosas.
Informe presidencial, Batalla del Castillo de Chapultepec, la Independencia de México, el terremoto del 85, la Fundación de Monterrey, la Consumación de la Independencia. En general el més más mexicano que se puedan imaginar. Creo que de ahí viene mi patriotismo (bueno o malo), mi afición y amor a mi país.
Me encanta el olor a café, aunque no me gusta tomarlo, la esencia es mi favorita en el mundo. No puedo evitar antojarme, cuando veo que alguien está disfrutando de una taza, pero mi lengua tiene una predilección por los sabores extremadamente empalagosos.
Se me antoja a veces agarrar una taza de peltre y calentar un cafecito de olla con piloncillo. O una taza de cerámica para un americano, o una tacita para espresso. Pero no puedo. Me sabe demasiado fuerte y mis pápilas gustativas no lo aguantan.

Ha pasado demasiado tiempo desde la última entrada de este blog. Y el texto ni siquiera es mío. Bummer!
Les explico. He tenido mucha incertidumbre en mi vida y me la he vivido un poco de un lugar otro y de un trabajo a otro, o algo así. El punto es que han pasado cosas, pero no he tenido tiempo y/o cabeza para sentarme a escribir.
Ahorita, por ejemplo, aprovecho mi hora de comida para venir a decir hola y a contarles lo último que ha pasado.
Y de nuevo la muerte. Tan lejana. Tan impersonal. Tan distante. Es sólo un número se dicen a sí mismos, 49 cuerpos vejados, violentados. Tenían tatuajes. Cuánta tranquilidad.
La muerte que no se espera, que se agazapa y te toma por sorpresa. ¿Cuánta gente muere sin que sepamos? Millones. Pero esto duele diferente. Duele México, duele Nuevo León. Duele cada una de las personas que han perdido la vida. Con cada un de ellos se ha ido la esperanza de que mejore, de que algo cambie. No sé qué, pero algo.
Desde que tengo memoria me he querido ir de mi casa. Y esto no tiene nada que ver con mi familia, porque no imagino haber nacido con otros papás y otros hermanos. Son mi adoración y aunque suene re cursi, son mi razón de ser, pero siempre he tenido esta necesidad de irme, de moverme, y nunca se me había presentado la oportunidad, o mejor dicho, nunca me había puesto a concretarla, hasta el año pasado que decidí irme al DF a conseguir trabajo.
Más feliz no podía estar, a pesar de que no tenía una casa que pudiera llamar mía o un trabajo. Después, como ya he contado en posts anteriores conseguí un proyecto que me movió a León, Guanajuato. Los primeros días fueron difíciles, pero hoy la verdad es que no tengo ni tiempo de pensar en nada fuera del trabajo porque apenas tengo tiempo para comer y dormir.
Una de las tantas razones por las que no me iba de mi casa antes, y siempre buscaba excusas para quedarme era porque tenía miedo, miedo a que pasara algo malo o fuerte en mi casa y yo no pudiera estar ahí. Y justo como pasa siempre, sucedió una tragedia (de las tantas que han pasado en los últimos años): se murió el novio de una de mis hermanas menores.
Antes escribí sobre los hombres que gritan a las mujeres en la calle y sobre cómo desde esos episodios empecé a contestarle a aquellos que osaban gritarme cosas en la calle.
No sé si es la ciudad o qué, pero en León más que en ningún otro lado, el griterío y los comentarios lascivos y ofensivos están a la orden del día. Ya medio me acostumbré a esa rutina de ‘me miras sucio, te contesto’. ‘Me gritas, te contesto’. Pero ayer fue diferente. Ayer por primera vez sentí miedo por mi integridad, por mi seguridad.
A María Rocío le ofrecieron 500 pesos por su cuerpo. Estaba esperando la ruta 80 del camión. Sinceramente, no tengo idea a dónde llega, pero asumo que no era la mejor colonia o el mejor lugar para ir.
Es domingo de resurrección y estoy sentada con un amigo en la plaza central en León. El clima está bastante decente, rayos de sol por aquí y por allá. Suenan las campanas que llaman a la misa de las 5:30 de la tarde. Perdón, a las 17:30 hrs. Pero eso nos tiene sin mucho cuidado porque comemos despreocupadamente como casi siempre, con la ventaja de que hoy es domingo y no hay mucho trabajo por hacer. O mejor dicho, somos excelentes postergadores y dejamos todo para cuando sea absolutamente necesario. Ni modo.
“Ojo por ojo y el mundo acabará ciego”
Gandhi
Odio. El odio que engendra violencia, que a su vez engendra más violencia. Víctimas y victimarios por igual envueltos en un torbellino de inquietud, de terror. Miedo. Ningún lugar es seguro, porque ‘el otro’ se nos presenta como el enemigo número uno, el ‘otro’ que en estos tiempos bien pudiera ser cualquiera. Todo aquello que amenaza nuestra supervivencia merece y debe ser exterminado, cueste lo que cueste, le pese a quien le pese. Al hombre se le olvida que el otro también es humano y que merece ser reconocido como tal.
Muertos todos los días. Gente secuestrada, levantada, vejada. Personas que mueren de hambre, jóvenes sin acceso a la educación, padres, familias enteras que no tienen cómo sostenerse y tener lo más básico. No hablemos de comodidades, de encontrar la felicidad o su razón de ser en el mundo. Pan en el estómago.
Eso también es violencia.
Antes de leer, favor de ver este video y poner atención a la canción Latinoamérica de Calle 13.
Yo tengo la teoría, tal vez muy boba, que uno no lee un libro hasta que no debe leerlo. Me ha pasado en numerosas ocasiones: intento leer alguna novela y de la nada lo dejo ahí como un recordatorio que soy una inconstante. Luego, me digno a retomarlo desde el inicio y me lo aviento en unos cuantos días o si de plano me da la locura, lo termino en una noche. No sé si a alguien más le suceda, pero es la razón por la que creo que uno no escoge el libro, sino viceversa.
Eso me pasó con “Cien años de soledad”.
Mi mejor amiga es una freak del Gabo, lo ama con locura y pasión, obviamente cuando recién la conocí fue de las primeras cosas que tuvimos en común, pero a diferencia de ella, yo nunca había leído “Cien años…”, había intentado, en numerosas ocasiones, pero nunca pasaba de las primeras 60 páginas. Incluso en alguna ocasión me dijo que no podíamos seguir siendo amigas si no había leído el libro. En alguna otra me dijo que no podía gustarme la literatura latinoamericana y no haber leído ese libro. La cosa es que nunca podía hacerme terminar la novela, en algún punto de su enredadera de personajes, perfectamente estructurada por supuesto, me perdía y el libro quedaba de nuevo en el librero.
Una vez con un significant other intenté hacer un círculo de lectura para leer exclusivamente ese libro. Fracasamos a las dos semanas. Con otro grupo de amigos intenté algo parecido pero con “LOS GRANDES DE LA LITERATURA LATINOAMERICANA”, el Gabo y su obra maestra estaban ahí. Gran fail.
Y un día así de la nada lo tomé de nuevo. Ahí estaba, con su célebre y bien conocido: ”Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo.” Recordé varios pasajes leídos con anterioridad. Subrayé cosas nuevas, busqué entender por qué había subrayado otras en mis lecturas previas. Todo bien.
Vacaciones familiares en la playa. El Gabo era ideal para llevar frente al mar. Lo soporífero de Macondo en las letras va muy bien con el trópico. Calor, humedad, lluvia. Sudor excesivo, ergo, ropa pegándose al cuerpo. Sol y noche de brisas húmedas con trago en la mano. El siempre importante y provocador contoneo de cadera. La mirada del extraño que mide con sus ojos, a lo lejos, el tamaño exacto de los pechos que no pueden ser contenidos dentro de la breve y diminuta blusa. El calor, siempre el calor. Calor de playa. Calor del cuerpo. Del propio y de otros.
Cuatro o cinco días me duró Macondo. Lo más, porque devoré el libro, porque no existe otra manera de leerlo si no es a grandes tajadas, en interminables fragmentos. Fue el clima ideal, mi lectura se plagó de esa sensación de verano eterno, de América Latina.
Entiendo eso que dicen que América Latina no es sólo realismo mágico, y que el continente va más allá de Macondo, de veras que lo entiendo, pero no puedo estar completamente de acuerdo después de leer este libro. El continente es, entre muchas otras cosas, ese pueblo imaginado por García Márquez. “Un pueblo sin piernas, pero que camina”, así lo explica también una canción. Somos finalmente un continente de contrastes, de irrealidades. Gabo lo refleja bien en toda su obra, pero en particular en “Cien años de soledad”. Si Macondo existe y es posible, existe y es posible en cualquier lugar de América Latina. Fuera de este continente no hay nada.
En fin, no me desvío del tema. Y digo lo último: América Latina no puede ser entendida sin el Gabo y viceversa. Yo hablo de esa América que le debe al colombiano, y del colombiano que se debe al continente. No hay uno sin el otro. ¡Feliz Cumpleaños atrasado, señor!
No creo que sea una cosa generacional, va más allá de la moda actual. A todos nos pasa, muchos de nosotros tenemos una fijación con las cosas del pasado. Aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, puede ser cierto en varios casos. Hoy hablaré por mí, siéntanse libres de ponerse en mi lugar.
Puedo tener el celular más nuevo, pero tengo una app que me deja modificar mis fotos para que se vean vintage u oldies, como si las hubiera robado del álbum de mi abuela. Me encanta la ropa, y me acaban de llegar mis vestidos de Jason Wu for Target, pero me desvivo por ir a mercados y tiendas de ropa a buscar tesoritos vintage para combinar. Soy una asiuda compradora (y lectora, obvio) de libros, pero como los diseños de las editoriales en español no me gustan, busco casi siempre ediciones más viejitas porque tienden a ser lindas (además del olor, obvio. El olor a libro viejo es de mis favoritos, junto con el del café). El único reloj que tengo y que sí uso, era de mi abuelo. Compro viniles viejitos para escuchar música de abuelos (como varias personas me han dicho). Una ene cantidad de cosas de mi día a día involucran cosas del pasado.
Cuando escribí sobre los trabajadores de “Obras Públicas” que me gritaban todos los días camino al trabajo recibí varios consejos, la mayoría de mujeres, sobre cómo lidiar con la situación, pero en definitiva el más común fue: ‘Contéstales, nada los saca más de onda que eso’. No sé si es una cuestión de poder, de infundir miedo, porque uno se va casi corriendo.